Socialismo o Barbarie de Honduras

Tinta Roja 6

Frente a la crisis, no hay solución capitalista

Por Socialismo o Barbarie de Honduras

El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer.
Y en ese claroscuro surgen los monstruos (Antonio Gramsci)

El asesinato de Berta Cáceres en el marco de la lucha contra el proyecto Agua Zarca y más en general la política extractivista y entreguista del gobierno de Juan Orlando Hernández; y el informe que señala a la cúpula policial de planificar, ejecutar, encubrir y silenciar el asesinato del llamado zar antidrogas el General Julián Arístides González, son sólo los dos aspectos más espectaculares de la profunda crisis del estado burgués hondureño.

La realidad hondureña se presenta cada vez más compleja. Crisis económica, crisis institucional, crisis de credibilidad, corrupción, impunidad, abierta injerencia de Estados Unidos en los asuntos internos de nuestro país, y un lago etcétera, son la expresión cruda de la profunda crisis del sistema capitalista hondureño.

La actual coyuntura se caracteriza por un gobierno relativamente fortalecido frente a un movimiento popular y social debilitado, en el marco de una profunda crisis del sistema capitalista hondureño y con una injerencia del imperialismo norteamericano superior a la que hemos visto en los últimos 50 años.

Una economía estancada pese a la violencia de los ajustes aplicados que sobrevive por las remesas y el narcotráfico, en medio de una profunda crisis social con miles de trabajadores y trabajadoras migrando en busca de empleo a EEUU o España; y con una espiral de delincuencia, crimen organizado y homicidios amparados en una casi total impunidad. Y como consecuencia de esta situación una corrupción que corroe toda la sociedad.

Formación del capitalismo hondureño

En Honduras las compañías bananeras le dieron forma al capitalismo, provocando una sustitución de la incipiente burguesía nacional y al mismo tiempo proletarizando las masas campesinas.

Con el fin de la Segunda Guerra Mundial y el avance de los procesos revolucionarios y democratizadores en el mundo, en Honduras, crecieron las luchas populares y con la Huelga de los obreros bananeros de 1954 acompañada por la mayoría de los trabajadores de entonces y apoyada por el conjunto de la población, el imperialismo tuvo que introducir cambios en la forma de dominación, en las instituciones políticas y al mismo tiempo permitir el surgimiento de una burguesía nacional.[1]

Esta formación económica y la política del imperialismo condicionaron a la burguesía moderna hondureña (esencialmente de origen árabe y judío) genéticamente proimperialista (su supervivencia económica depende de los negocios con el imperialismo norteamericano más que con el mercado interno) y profundamente parasitaria (dependiente de los programas, políticas y contratos con el Estado (un claro ejemplo es el caso de Miguel Facussé y la CONADI).

De este proceso de construcción de una clase poseedora surgió una burguesía esencialmente corrupta y entreguista que en los tiempos de crisis no duda en asociarse con el crimen organizado poniendo a su disposición las instituciones estatales que le garanticen la impunidad en su enriquecimiento a cualquier precio.

Buscando un nuevo enclave

Con el declive de la producción bananera, el régimen democrático burgués bipartidista entró en crisis debido a que no surgió una nueva actividad económica que permitiera estructurar la vida económica y política a su alrededor, acelerado por la devastación que causó el huracán Mitch y en momentos que se impulsa un nuevo proceso mundial de reparto del mundo mediante los bloques económicos.

A partir del Siglo XXI esta debilidad estructural es mediatizada primero con la llegada de remesas que se convierten en el principal proveedor de divisas producto de la migración masiva hacia EEUU (en 1998 se recibieron U$S 220 millones por remesas y en el año 2014 U$S 3,353.20, superando las exportaciones totales); y después con las actividades económicas generadas por el narcotráfico.

Las remesas son la principal fuente de ingreso de divisas y contribuyen a paliar el déficit comercial y ayuda al pago de la deuda externa. Juegan un papel fundamental en el ingreso de las familias compensando el desempleo y los bajos salarios. No obstante económicamente no contribuyen a fortalecer la economía ya que se invierte en gastos de consumo en muchos casos importados. Además tiene el inconveniente de estar en contradicción con la política migratoria de EEUU sobre todo en tiempos de crisis.

Finalmente el narcotráfico (del cual no existen cifras ni datos serios) ha jugado un rol económico fundamental en regiones enteras como el caso del Aguán. Además de los altos ingresos que genera para los directamente involucrados (y que se traducen en consumo e inversión); mediante el lavado de activos genera empleo en diversas áreas económicas siendo un factor de “desarrollo” en regiones como por ejemplo el Aguán y Copán. La magnitud del impacto económico que genera el narcotráfico puede medirse en el caso de los “Cachiro” y el Grupo Continental (siendo sólo un par de casos de toda la red vinculada al narcotráfico en nuestro país). Este rubro también choca con los intereses gringos.

A partir de esta realidad económica, el gobierno, siguiendo la lógica del neoliberalismo a ultranza apuesta a la venta del territorio (ciudades modelo, política extractivista) como una forma de crear desde el estado una nueva economía de enclave como en los tiempos de oro de las bananeras.

El Terrorismo Neoliberal

Tras el golpe de estado del 2009, el régimen quedó con la manos libres para implementar un violento plan de ajuste en el marco del modelo neoliberal. Tres aspectos fueron los centrales: una brutal transferencia de ingresos de los sectores asalariados a favor de la burguesía; un acelerado proceso privatizador de empresas y servicios públicos; y una dura política fiscal enfocada hacia el consumidor final, las profesiones independientes, el comercio y la pequeña empresa.

Esta política impulsada con el visto bueno del FMI tiene por objetivo garantizar el pago de la deuda externa (pública y privada) y poner en manos de los capitales extranjeros los principales recursos del país. Por esta razón, y a pesar de la reducción del aparato de estado y la privatización de los servicios públicos, el déficit fiscal continúa en aumento, provocando nuevo endeudamiento, en un ciclo en el que el sacrificado es el pueblo hondureño, mientras la burguesía incapaz de ofrecer otra alternativa a los dictados imperialistas se conforma con las migajas que caen del aparato de estado mediante la corrupción, la impunidad y todo tipo de enriquecimiento incluyendo el lavado de activos.

Garantizar la implementación del plan económico imperialista sólo era posible mediante un golpe de estado que concentrara el poder y que derrotara la movilización popular. Ese es el régimen que actualmente representa el gobierno de Juan Orlando Hernández.

Un régimen asentado en instituciones que formalmente son parte de la democracia burguesa pero que han vaciado su contenido de democracia formal para ser reemplazado por la imposición autoritaria, de facto, dictatorial según las necesidades del imperialismo y la burguesía hondureña.

La propia “legitimación” del gobierno mediante mecanismos electorales fraudulentos, pasando por el descabezamiento e imposición (mediante diversas figuras pseudo legales) de los miembros de la Corte Suprema de Justicia, del Fiscal General, del Tribunal Supremo Electoral, del Procurador General, del Comisionado de los Derechos Humanos, son lo opuesto a cualquier modalidad de democracia burguesa formal, en particular la existente en Honduras en las décadas anteriores.

Dichos cambios no son poca cosa. Recordemos que en 1984, cuando el gobierno liberal de Suazo Córdova quiso imponer las mismas medidas que Juan Orlando Hernández, estalló una profunda crisis política interburguesa con movilizaciones populares que impidieron las medidas dictatoriales y dieron paso a la instauración del régimen democrático burgués bipartidista (asentado en la llamada Alternativa “B” en el proceso electoral y en el Pacto de Unidad Nacional, entre liberales y nacionalista, tras la toma de posesión de Azcona como presidente.

En el caso de JOH, el asalto a la democracia formal burguesa ha triunfado.

Represión, crimen organizado, sicariato

Pero como en todo régimen autoritario, de facto, ese cambio y control sobre las instituciones, sólo es posible mediante el uso, el respaldo y el control de la fuerza militar y represiva. Y éste es el aspecto fundamental del régimen actual.

Se ha militarizado la sociedad, con la excusa de la lucha contra el crimen organizado, el narcotráfico, la extorsión y la delincuencia en general. Se han creado nuevas fuerzas policiales y militares, de investigación y de inteligencia, y nuevas leyes que dejan sin efecto las garantías constitucionales sobre la libertad y la dignidad humana.

Y sobre todo, se ha incrementado la presencia e injerencia de las tropas militares gringas como parte de la geopolítica militar del imperialismo norteamericano. (Amaya, Tras la sombra de Carías, 2014).

Este proceso de militarización se ha hecho con los aparatos represivos tradicionales del estado burgués pero que en el caso particular de Honduras se habían aliado con el crimen organizado y el narcotráfico y al dar su respaldo a la necesidad represora del golpe de estado, lograron una impunidad institucional total para sus crímenes, incluyendo el apoyo del imperialismo.

Según el New York Times “Quien entonces ejercía como secretario de Estado adjunto, William Brownsfield, declaró en mayo de 2013 que “si el gobierno de los Estados Unidos no trabajaba con la policía, tendría que trabajar con el ejército, que casi todo el mundo ve peor en cuanto a que casi todo el mundo acepta que son peores que la policía para ejercer labores de seguridad ciudadana, o la comunidad se tomará la justicia por su propia mano. En otras palabras, eso sería la ley de la jungla: donde no hay policía y cada ciudadano se arma y está preparado. Esas son las tres opciones y aunque la policía pueda tener ahora algunos defectos, es la menos mala de las tres opciones disponibles”.[2]

Una perspectiva de crisis recurrentes

La combinación de todos los factores analizados anteriormente nos indica que lejos de haberse estabilizado el país –aún con el fortalecimiento del régimen bonapartista–, sigue abierta la posibilidad de crisis recurrentes debido a la debilidad de la economía hondureña y las contradicciones del proceso de acumulación capitalista. Las medidas neoliberales no sólo profundizan las condiciones precarias de los sectores trabajadores, también afectan a las clases medias, profesionales independientes e incluso a sectores de la burguesía contrarios al grupo de poder de Juan Orlando Hernández.

La inexistencia de alternativas diferentes al neoliberalismo en las filas de la burguesía y la falta de oposición política desde los partidos parlamentarios, son aprovechados por el sistema y en particular el gobierno para capitalizar a su favor el conflicto interburgués.

En este marco, es la movilización contra el gobierno y sus políticas la que puede desestabilizar el proyecto bonapartista neoliberal. Las condiciones para esta movilización estarán planteadas así como luchas de diferentes sectores. Sin embargo, dicha movilización sólo podrá tener frutos en la medida que el movimiento popular retome la movilización independiente y democráticamente organizada, dejando de ser apéndice de cualquier sector burgués. En particular la clase obrera es la que está más condicionada en sus luchas por la perspectiva del desempleo, sin embargo, hay un importante sector de trabajadores jóvenes que están haciendo sus primeras experiencias laborales, y que empiezan a cuestionar dichas condiciones junto al cuestionamiento a la clase política y a las direcciones del movimiento popular. Muchos de ellos están en las universidades.

Se abre una coyuntura en la que junto a las ilusiones en salidas inmediatas e individuales a la crisis hay una mayor predisposición a escuchar otras alternativas no condicionados por las dirigencias como fue el período de la lucha contra el golpe. Sin embargo, debemos recordar que estas nuevas generaciones parten casi de cero en su nivel de conciencia, sin memoria histórica y con una visión muy superficial de la realidad y de la política.



[1]  Ver (Amaya Amador, 1963)

 

[2]  Tres generales y un cartel: violencia policial e impunidad en Honduras. 15 de abril 2016

 

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