Socialismo o Barbarie de Honduras

Tinta Roja 6

Notas para la actualidad de Gramsci y Trotsky

27 de abril 1937 - Aniversario de la muerte de Antonio Gramsci

Guillermo Pessoa, (Socialismo o Barbarie -revista- N° 17/18, noviembre 2004)

León Trotsky y Antonio GramsciLa originalidad con que Trotsky y Gramsci renovaron el marxismo de cara a nuevos fenómenos y tendencias estructurales del capitalismo y contra la perversión estalinista del socialismo, así como el interés actual de su legado, resulta poco reconocida

El que sigue es un artículo que en muy pequeña medida, intenta saldar la deuda para con el reconocimiento que ambos legados teóricos/políticos merecen y —más aún— por la actualidad que ellos conservan.

En tiempos de auge del “autonomismo”, de autores bestsellers como Holloway o Negri, en donde la renuncia a la toma del poder postulada por el primero o el fin del imperialismo anunciado por este último parecen condenar a dichos legados al pasado arqueológico. Y fundamentalmente en medio de la crisis de los “viejos” marxismos (stalinismo, eurocomunismo, socialdemocracia), ligada a la no menor dificultad del capitalismo planetario por superar sus contradicciones en medio de protestas y movimientos antiglobalización que se extienden por todo el orbe; se hace más que perentorio realizar la tarea enunciada líneas arriba.

El texto tomará solamente algunos ejes de trabajo de los muchos que abordaron los dirigentes ruso e italiano, intentando esbozar algunas notas que en realidad deben ser entendidas como disparadores para un estudio más profundo del rico bagaje teórico de ambos marxistas. Para aquellos interesados en la bibliografía de y sobre Trotsky y Gramsci, acompañamos una lista tentativa de textos y autores.

I. Lo verdadero es el todo

Cuando uno mira cualquier noticiero televisivo, lo mismo ocurre al leer el diario, puede observar que cualquier hecho puntual —tomemos por caso un robo minúsculo en cualquier barrio de Buenos Aires— es presentado aisladamente. No se inserta dicho suceso en un contexto social, epocal, de vinculación con la propia realidad regional e incluso mundial. Al no hacerlo —intencionadamente— la comprensión de dicho acontecimiento se diluye y puede (generalmente sucede) quedar reducido al mensaje más “común”: son vagos por “naturaleza”, no tenemos seguridad, necesitamos más policía, etc. ¿Qué es lo que ha faltado? Entender, “mirar” la realidad como una totalidad.

Esto que expresan los medios masivos de comunicación, ha tenido su “bendición” desde los ámbitos académicos cuando el llamado posmodernismo (con su auge a partir de mediados de los ochenta e incluso, lo que es peor, algunos marxistas como el citado Toni Negri que en su trabajo “Imperio” siguieron el mismo camino metodológico) abjuró de dicha categoría para explicar lo social. Sin embargo, los movimientos antiglobalización, embrionaria y confusamente, se vieron obligados a “razonar” desde la totalidad. Es que para dar cuenta de lo que criticaban —el neo liberalismo, la apertura indiscriminada de los mercados a nivel planetario, el intento de un “nuevo orden mundial”, etc— dicha premisa se tornaba perentoria. Pero allí comienza solamente el planteamiento del problema, se necesita contar con las herramientas conceptuales para poder desarrollarlo y resolverlo.

Gramsci y Trotsky tuvieron esto bien en claro. Su matriz hegeliana —con la “mediación” de Labriola como veremos luego— los predisponía a ello en mucha mayor medida que otros marxistas contemporáneos suyos. El joven Gramsci señalaba que se sentía discípulo de Lenin entre otras cosas porque éste “tenía y pensaba con el mundo en su cabeza” y el joven Trotsky no dudaba en afirmar que había arribado a su doctrina de la revolución permanente porque “partió de un análisis global y articulado de la realidad presente”.

Ya en su madurez, cuando afinaron sus caracterizaciones y estrategias previas, esto se mantiene en forma constante. El excelente trabajo sobre el Risorgimento (o sea el proceso de unidad italiano) hecho por el sardo, como la magnífica Historia de la revolución rusa y su teoría del desarrollo desigual y combinado de Trotsky, serían inexplicables sin lo anterior. Lo que no impedía —por el contrario presuponía!!— que ambos tuviesen muy en cuenta las peculiaridades nacionales para delinear su análisis y estrategia política; como muy bien le advertía el dirigente ruso (ya exiliado) a Stalin o Gramsci en su crítica a Michels y su visión de la realidad francesa.

Esta visión de la realidad como un todo y de las tareas que por ende de ello se desprenden, eran casi de “sentido común” para ambos revolucionarios. Y en esto no hacían otra cosa que seguir siendo fieles a sus maestros. Una totalidad que tiene relaciones que se articulan, que son plásticas y a las cuales no se puede “mecanizar” ni fijarles “hora determinada” de resolución alguna:

“Toda acción proletaria debe estar subordinada al internacionalismo y coordinada con él, ha de ser capaz de tener carácter internacionalista. Cualquier iniciativa que en cualquier momento, y aunque sea transitoriamente, llegue a entrar en conflicto con ese ideal supremo, tiene que ser inexorablemente combatida; porque toda desviación del camino que lleva directamente al triunfo del socialismo internacional, por pequeña que sea, es contraria a los intereses del proletariado, a los lejanos o a los inmediatos, y no sirve más que para dificultar la lucha y prolongar el dominio de la clase burguesa”.[1]

Esta formulación de Gramsci es parte principalísima del legado trotskista. En una formulación famosa, el creador del Ejército Rojo decía:

 “La conquista del poder por el proletariado internacional no podía ni puede ser un acto simultáneo en todos los países. La superestructura - y la revolución entra en la categoría de las superestructuras - tiene su dialéctica propia, la cual penetra autoritariamente en el proceso económico mundial, pero no suprime, ni mucho menos, sus leyes más profundas. La Revolución de Octubre ha sido legítima, considerada como primera etapa de la revolución mundial, que necesariamente tiene que ser obra de varias décadas”.[2]

Ello no se debe a un “deseo” arbitrario de los autores, sino de un presupuesto metodológico de carácter científico. Ya Marx señalaba que su ambicioso proyecto de escribir “El Capital” debía culminar con el mercado mundial que era la categoría más concreta (en el sentido de ser la que más determinaciones posee) o sea la más plena y por ende más real, aspecto que hoy en los albores del siglo XXI conserva —y amplía— toda su vigencia.

Pero que lo verdadero es el todo no se agota allí. Economía y política, estructura y superestructura, lo orgánico y lo coyuntural, no se pueden escindir (o podemos hacerlo sólo a los efectos del análisis) como hacen los medios de comunicación, ciertos profesores y la “ciencia” burguesa en general. Gramsci observará las derivaciones a que lleva el no tener en cuenta esto:

“El error en que se cae frecuentemente en el análisis histórico-político consiste en no saber encontrar la relación justa entre lo orgánico y lo ocasional. Se llega así a exponer como inmediatamente activas causas que operan en cambio de una manera mediata, o por el contrario a afirmar que las causas inmediatas son las únicas eficientes. En un caso se tiene un exceso de economismo o de doctrinarismo pedante; en el otro, un exceso de ideologismo; en un caso se sobreestiman las causas mecánicas, en el otro se exalta el elemento voluntarista e individual... y si el error es grave en la historiografía, es aún más grave en el arte político, cuando no se trata de reconstruir la historia sino de construir la presente y la futura”.[3]

Esta dialéctica de los elementos históricos y su interacción hay que aprehenderla en su constante devenir porque el riesgo que se corre es el de abortar la acción del sujeto: sea porque éste considera que su hacer ya está determinado fatalmente y por ende, sólo resta esperar el desenlace (como quien se sienta a ver pasar el cadáver de su enemigo) o al no tener en cuenta lo orgánico que condiciona y pone límites precisos a nuestro accionar, nos lleva a un voluntarismo que roza la aventura. Trotsky siempre tuvo presente esto y batalló aún entre sus partidarios para que no incurrieran en algunos de estos dos errores:

“Cada acontecimiento concreto de la historia viene determinado por una multitud de factores fundamentales y secundarios. La dialéctica hace que factores de segundo, tercero o décimo orden tomen, por determinado acontecimiento, una importancia decisiva. De esta forma, se puede afirmar con seguridad que la derrota del proletariado alemán vino determinada no por el bajo nivel de las fuerzas productivas, ni por la insuficiencia del desarrollo del antagonismo de las clases, sino directa, e incluso exclusivamente, por la carencia de un partido revolucionario. Sin embargo, nosotros sabemos que en las jerarquías de los factores históricos el partido ocupa el lugar X”.[4]

Pensamos pues, que todo lo que —sucintamente— llevamos visto es un legado del cual tenemos que apropiarnos, si queremos llevar una lucha efectiva y realista contra el capitalismo en su etapa actual de decadencia con la amenaza constante de arrojarnos a la barbarie. Gramsci y Trotsky eran materialistas en el sentido que pensaban que lo determinante en la historia eran las relaciones sociales que estaban atravesadas por conflictos —de allí su transitoriedad— y con relaciones de poder que la constituían desde su propia génesis. En eso —también— no hacían otra cosa que seguir al Manifiesto Comunista que afirmaba que la historia de la humanidad no es otra cosa que la historia de la lucha de clases. Algo que el italiano expresaba como relaciones de fuerza y que tenía distintos niveles. Desde el meramente social (cuasi objetivo) y corporativo, elevándose hasta el político (precisamente como totalidad, entendida ésta como hegemonía) y culminando en el militar que nunca es sólo militar, sino —precisamente— político militar. Constataba que la historia fluctuaba entre el primero y el tercero, con la mediación del segundo que era el clave:

“Un (segundo) momento es aquel en que se logra la conciencia de que los propios intereses corporativos, en su desarrollo actual y futuro, superan los límites de la corporación de grupo puramente económico y pueden y deben convertirse en los intereses de otros grupos subordinados. Esta es la fase más estrictamente política, que señala el neto pasaje de la estructura a la esfera de las superestructuras complejas. Es la fase en la cual las ideologías ya existentes se transforman en partido, se confrontan y entran en la lucha hasta que una sola de ellas, o al menos una sola combinación de ellas, tiende a prevalecer, a imponerse, a difundirse por todo el área social , determinando además de la unidad de los fines económicos y políticos, la unidad intelectual y moral, planteando todas las cuestiones en torno a las cuales hierve la lucha no sobre un plano corporativo sino sobre un plano universal y creando así la hegemonía de un grupo social fundamental sobre una serie de grupos subordinados”.[5]

Esta correlación de los momentos se halla presente en Trotsky, siendo también el momento de lo político (la “hegemonía” en términos gramscianos, que en realidad era una categoría que ya estaba en Lenin) entendida como el consenso para con los aliados y la represión para con las clases enemigas, el aspecto central para llevar a buen puerto la transformación y la posterior consolidación de la nueva sociedad. Apoyándose en ejemplos históricos, en palabras que Gramsci hubiera suscripto sin más, señalaba:

 “En toda guerra civil, infinitamente más que en una guerra ordinaria, la política prevalece sobre la estrategia. Lee era más experto militarmente que Grant, pero la victoria de éste estaba asegurada por el programa de abolición de la esclavitud que constituía su base. Durante nuestros tres años de guerra civil, la superioridad, el arte y la técnica militar estaban de parte del adversario, pero al fin de cuentas lo que importa es el programa bolchevique. El obrero sabrá perfectamente por qué lucha. El campesino duda mucho tiempo, pero, al comparar los dos regímenes a la luz de su experiencia, sostiene a los bolcheviques”.[6]

II. La revolución contra El Capital

Así había denominado Gramsci a la revolución bolchevique de Octubre del 17. Su significado era el siguiente: aquéllos —como los mencheviques y la propia burguesía rusa— que hacían una lectura lineal y mecánica del texto marxiano, llegaban a la conclusión que el territorio de los zares tenía que pasar ineluctablemente por la fase capitalista para después (en un período que no se precisaba con claridad) arribar al socialismo. Dicho proceso debería —al igual que el modelo francés— ser conducido por la incipiente burguesía. En ese sentido el pensador italiano decía —y reivindicaba— que la del partido de Lenin era una revolución contra dicha interpretación del marxismo. Trotsky compartía dicho diagnóstico y de hecho “confluyó” con el leninismo en dicho año y fue partícipe directo en el desenlace revolucionario. Lo que les permitió —entre otros aspectos— arribar a dicho análisis, fue haber asimilado la nueva configuración del capitalismo en su etapa imperialista con la lucha entre las potencias metropolitanas, junto a la sujeción y el rol jugado por las burguesías periféricas: los eslabones débiles de dicha cadena.

Es común en cierta historiografía, hacer un “corte” entre el joven Gramsci consejista y el Gramsci maduro que estando en prisión reemplazaría a dicha organización por el “príncipe moderno”: el partido. En realidad —y aquí hay otro acuerdo de fondo con el ruso— el italiano sostenía la importancia de la organización de la clase y el partido. Su labor como director del periódico “L’Ordine Nuovo” es una prédica constante para desarrollar dicho organismo (que se encontraba en pleno auge en la ciudad industrial de Turín y que por su forma soviética supera el espíritu meramente corporativo del sindicato) y para dotarlo de una política correcta —revolucionaria— se precisaba ganar la mayoría en su interior. Precisamente cuando realizaba a fines de los veinte, el balance de dicho fracaso, llegaba a la conclusión que uno de los motivos —veremos luego el otro— de su derrota era no haberse extendido al resto de Italia. En los Cuadernos de la Cárcel además de la fragmentación lógica de los escritos motivada por la censura, el no surgimiento en la propia realidad de dichas instituciones de tipo soviético, lo llevan a poner el acento en el partido. Pero la ligazón necesaria entre ambos nunca se pierde de vista. En Trotsky dicha preocupación es central. Como se encargó de enfatizar en más de una ocasión, si bien no hay que hacer del soviet un fetiche (o sea “divinizarlo”), que la clase se dé su propia organización —además del partido que es su vanguardia— es clave para la toma del poder. Cuando uno recorre sus escritos sobre Alemania, Francia y España o en el propio Programa de transición, el impulsar en una especie de frente único dicho proceso, es de primerísimo orden. Impulsar no es dar un ultimátum para que éste nazca, como en algunos momentos hizo la Comintern stalinizada.

Pero la revolución rusa, como todas en la historia, requiere para su éxito conformar una alianza de clases en donde una de ellas sea efectivamente su sector dirigente pero que necesita del apoyo real de las otras fracciones subalternas para la construcción del nuevo estado. Esto es hoy de vitalísima importancia. La clase que vive del trabajo debe tejer alianzas (construir hegemonía) con aquellos sectores que fluctúan entre las clases fundamentales en que se divide toda sociedad, si efectivamente se propone la revolución y la conformación de su propio gobierno. El no haberlo logrado, es el otro motivo que mencionábamos como excluyente para la derrota de los obreros turineses y la posterior llegada del fascismo. Por el contrario, el haber podido llevarla a la práctica, posibilitó el triunfo del 17 como así también (confirmando la regla) su debilitamiento posterior significó la declinación del joven poder soviético y la consecuente burocratización. En los escritos del italiano esto tiene la siguiente formulación:

“Los comunistas turineses se plantearon concretamente la cuestión de la hegemonía del proletariado, o sea de la base social de la dictadura proletaria y del estado obrero. El proletariado puede convertirse en clase dirigente y dominante en la medida que consigue crear un sistema de alianza de clase que le permita movilizar contra el capitalismo y el estado burgués a la mayoría de la población trabajadora, lo cual quiere decir en Italia, en la medida en que consigue obtener el consenso de las amplias masas campesinas (...) Para ser capaz de gobernar como clase, el proletariado tiene que despojarse de todo residuo corporativo, de todo prejuicio o incrustación sindicalista (...) Si no se obtiene eso , el proletariado no llega a ser clase dirigente, y esos estratos, que en Italia representan la mayoría de la población, se quedan bajo dirección burguesa y dan al estado la posibilidad de resistir al ímpetu proletario y de debilitarlo”.[7]

Algo no muy distinto señala Trotsky veinte años después de la experiencia de Octubre:

“La dictadura del proletariado se ha comprobado como posible en la Rusia atrasada, precisamente porque estaba sostenida en una guerra campesina. En otros términos, la dictadura del proletariado se comprobó como posible y durable únicamente porque ninguna de las fracciones de la sociedad burguesa se mostró capaz de asegurar la dirección resolviendo la cuestión agraria. O para decirlo más brevemente y precisamente, la dictadura del proletariado se demostró posible por la simple razón de que la dictadura democrática se ha demostrado imposible”.[8]

Distintos intérpretes de Gramsci —y los hay de los más diversos tipos— no dudan en adjudicarle a esta concepción el rango de fundamental en el marxismo que practicó el dirigente del PCI. Incluso —en algo que la cita anterior y no sólo ésta, desmienten— llegaron a “interpretarlo” en clave frentepopulista: dicha alianza incluiría a sectores de la burguesía nativa. Ya volveremos sobre ello cuando más adelante nos refiramos al bloque histórico. En las “lecturas” de Trotsky —y el stalinismo hizo eje en este aspecto— primó el error inverso: éste habría desestimado dicha alianza por su “desprecio” hacia el campesinado. No sólo la cita anterior, sino la propia praxis suya hasta su expulsión en 1929 de la URSS, indican lo contrario. Es más, tanto en Alemania (luchando contra la política ultraizquierdista de Stalin) como en España (desesperado porque veía que dicha estrategia no se consumaba) dicho postulado estaba más que presente:

“Hay que forjar la verdadera alianza entre los obreros y los campesinos contra la burguesía, incluida la radical. Es preciso confiar en la fuerza, la iniciativa y el coraje del proletariado. Es el proletariado quien sabrá ganar al soldado para su causa. Así será la verdadera alianza, no falsificada, de los obreros, campesinos y soldados. Una alianza está a punto de forjarse en el fuego de la guerra civil española”.[9]

Justamente la teoría de la revolución permanente se apoya en esta perspectiva. La revolución es permanente, porque en dicho proceso se combinan distintas revoluciones: burguesa, campesina y proletaria dentro del contexto mundial del cual no puede prescindir. Lo curioso —algo que señaló con agudeza Perry Anderson en un trabajo no libre de malentendidos hacia la concepción gramsciana— es que el italiano al criticar la revolución permanente (con sus pares de opuestos: guerra de posición/guerra de maniobras) en realidad estaba censurando el inicio del “tercer período” de la Comintern stalinista y su táctica ultraizquierdista de “clase contra clase”, en la cual incluso marxistas lúcidos como Lukács no estuvieron exentos de caer. Pero no así Trotsky, que también fue un persistente crítico de la misma, haciéndose eco de las propias resoluciones de los primeros cuatro congresos de la III Internacional (que entre otras cosas había reconocido como sección oficial a la fracción gramsciana del comunismo italiano). Esto se observa con más claridad al seguir la política de ambos revolucionarios en relación al surgimiento del fascismo. La pertinencia de las consignas democráticas, la construcción del frente único y la unidad de acción con sectores burgueses si es necesario, para detener al mismo; es patrimonio común de dichos legados. La división del propio PCI en donde Gramsci se distancia de la “ultraizquierda” representada por Amadeo Bordiga confirma lo anterior. Hacia fines de los veinte y en la década del treinta la Oposición de Izquierda trotskista (y el propio Trotsky) tienen disputas fuertes con el grupo Prometeo que encabezaba aquél, por estos mismos problemas. Las coincidencias entre Trotsky y Gramsci son totales.[10]



[1] AG: “La obra de Lenin” en Antología. Siglo XXI, México, 1971, pp 52-53.

[2] LT: “Prólogo a La revolución permanente” en La teoría de la revolución permanente. Compilación. CEIP, Buenos Aires, 1999, p 409.

[3] AG: Notas sobre Maquiavelo, sobre la política y el estado moderno Nueva Visión, BsAs, 1995, p 54.

[4] 4: LT: “Sobre el calendario revolucionario” en España revolucionaria. Escritos 1930-1940. Editorial Antídoto, Buenos Aires, 2004, pp 284-285.

[5] AG: Notas sobre Maquiavelo, sobre la política y el estado moderno Nueva Visión, BsAs, 1995, pp 57-58.

[6] LT: “Declaración a la agencia Havas” en España revolucionaria. Escritos 1930-1940. Editorial Antídoto, Buenos Aires, 2004, p 209.

[7] AG: “La cuestión meridional “en Antología. Siglo XXI, México, 1971, pp 192-3.

[8] LT: “El marxismo y la relación entre la revolución proletaria y la revolución campesina” en La teoría de la revolución permanente. Compilación. CEIP, Buenos Aires, 1999, p 399.

[9] LT “La lección de España” en España revolucionaria. Escritos 1930-1940. Editorial Antídoto, Buenos Aires, 2004, p 202.

[10] En una carta de julio de 1930 al grupo bordiguista, Trotsky afirma: “Ustedes dicen que en todo este tiempo no se han desviado en un ápice de la plataforma de 1925, a la que caractericé como un documento excelente en varios sentidos”. Cfr “Al Consejo de redacción de Prometeo” en Escritos (1929-1930) T 1, vol 4. Editorial Pluma. Bogotá, 1977, p 993. La plataforma a la que se refiere el dirigente bolchevique no es otra que la redactada por Gramsci y aprobada en el Congreso de Lyon del PCI celebrado en enero de 1926.

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